PARTE III
TEORÍA GENERAL DE LAS NEUROSIS 1916-7 [1917]
LECCIÓN XVI. PSICOANÁLISIS Y PSIQUIATRÍA
Señoras y señores: CONSTITUYE para mí un verdadero placer veros de nuevo en estas aulas y reanudar ante vosotros la serie de lecciones comenzada en el curso pasado. Durante él os expuse la concepción psicoanalítica de los actos fallidos y los sueños, y en el actual quisiera iniciaros en la comprensión de los síntomas neuróticos, que, como no tardaréis en descubrir, poseen, con aquellos otros, numerosos caracteres comunes. Mas, antes de entrar en materia, debo advertiros que al tratar de los fenómenos neuróticos no podré suponerlos colocados, con respecto a mí, en la misma actitud que en mis anteriores lecciones. En todas ellas hube, en efecto, de constreñirme a no avanzar un solo paso sin antes ponerme de acuerdo con mi auditorio, y de este modo discutí ampliamente con vosotros, examiné todas aquellas objeciones que podíais presentarme y os consideré como representantes de la «sana razón humana», viendo en vosotros la instancia decisiva. Es ésta una conducta que ahora, y por una sencillísima razón, no puedo seguir observando. Los actos fallidos y los sueños eran fenómenos que todos conocíais, y podíamos admitir que poseíais o podíais llegar a poseer sobre ellos la misma experiencia que yo. Pero el sector de los fenómenos neuróticos os es ajeno; no siendo médicos, la primera y única fuente de conocimiento de que por el momento disponéis será la exposición que aquí me propongo desarrollar, y a ella habréis de ateneros sin que siquiera os sea dado criticarla, pues todo juicio, por acertado que parezca, carece de validez cuando recae sobre una materia que no se domina a fondo. No creáis, sin embargo, que quiera dar a estas conferencias un tono dogmático ni que intente exigiros una incondicional adhesión. Nada de eso; lejos de querer imponeros convicción alguna, me bastará con estimular vuestro pensamiento y desvanecer algunos prejuicios. Por el momento, y dado que vuestra carencia de preparación no os permite someter a juicio alguno mis afirmaciones, no podréis admitirlas desde luego, pero tampoco os será lícito rechazarlas de plano. Habréis, pues, de limitaros a escucharme atentamente, dejando que aquello que voy a exponeros actúe sobre vuestra inteligencia. No es nada fácil llegar a una convicción determinada, y sucede muchas veces que aquellas convicciones que adquirimos sin esfuerzo se nos muestren luego desprovistas de todo valor y consistencia. Sólo el que, como yo, ha dedicado años enteros de paciente labor a una determinada materia y ha obtenido en su investigación, repetidamente, los mismos nuevos y sorprendentes resultados, tendrá el derecho de poseer una convicción sobre el objeto de su estudio. En el terreno intelectual, las convicciones rápidas, las conversaciones instantáneas y las negociaciones impulsivas, no tienen razón alguna de ser. El «flechazo» o enamoramiento fulminante es algo que cae por completo fuera de los dominios científicos. Considerándolo así, no exigimos nunca de nuestros pacientes una adhesión convencida a las teorías psicoanalíticas. Por el contrario, una tal adhesión nos los hace, más bien, sospechosos, y de este modo, la actitud que preferimos verles adoptar es la de un benévolo escepticismo. Así, pues, he de aconsejaros que dejéis madurar lentamente en vosotros la concepción psicoanalítica al lado de la vulgar o psicológica, hasta el momento en que se presente ocasión de que una y otra pueden entrar en relación, valorándose mutuamente y asociándose para dar origen a una concepción definitiva. Por otra parte, os equivocaríais considerando la concepción psicoanalítica que aquí voy exponiéndoos como un sistema especulativo, pues se trata, en primer lugar, de una viva experiencia, fruto de la observación directa, y luego, de la elaboración reflexiva de los resultados de la misma. Sólo los futuros progresos de la ciencia podrán decirnos con seguridad si tal elaboración ha sido suficiente y acertada; mas lo que sí puedo hacer constar desde ahora es que las observaciones en que se basa reposan, a su vez, en una intensa y profunda labor de cerca de veinticinco años alcanzada a bien avanzada edad [sesenta años]. Es, sin embargo, esta última circunstancia la que parecen ignorar o no querer tener en cuenta nuestros adversarios, los cuales suelen prescindir por completo de este origen de nuestras afirmaciones y juzgarlas como si se tratase de algo meramente subjetivo a lo que fuese lícito oponer diferentes opiniones personales no basadas en una labor de investigación equivalente. Esta actitud, que me ha parecido siempre un tanto incomprensible, depende quizá de que los médicos no acostumbran prestar la necesaria atención a sus pacientes neuróticos, y haciendo caso omiso de sus manifestaciones, se privan de una importantísima fuente de conocimiento. Pero he de advertiros que en las lecciones que hoy iniciamos me propongo con toda firmeza no entrar en discusión polémica alguna. No creo en la verdad de aquella máxima que pretende que de la discusión nace la luz, máxima que me parece ser un producto de la sofística griega y pecar, como ella, por la atribución de un exagerado valor a la dialéctica. Por lo que a mí respecta, estimo que lo que denominamos polémica científica es algo por completo estéril y tiende siempre a revestir su carácter personal. Hasta hace algunos años podía vanagloriarme de no haber entablado en toda mi vida sino una sola discusión con un hombre de ciencia (Löwenfeld, de Munich), discusión cuyo resultado fue el de convenir nuestro antagonismo en una firme voluntad que dura todavía. Mas como no siempre se puede estar seguro de un tan agradable desenlace, no he querido, durante mucho tiempo, volver a discutir con nadie. Juzgaréis quizá que semejante repugnancia a toda polémica es testimonio de una impotencia para rebatir las objeciones que se nos oponen o de una extrema obstinación. Mas habréis de reconocer que cuando, después de una ímproba labor, se ha llegado a adquirir una convicción determinada, está más que justificada una enérgica resistencia a abandonarla. Sin embargo, he de hacer constar que en más de una ocasión he rectificado mis opiniones sobre importantes extremos de mis teorías o las he reemplazado por otras que mi labor de investigación me demostraba más acertadas, y claro es que en todos y cada uno de estos casos he hecho inmediatamente públicos tales cambios de actitud. Mas lo curioso es que un tan sincero proceder me ha sido, en general, adverso. Muchos de mis contradictores han pasado por alto estas modificaciones, y hay todavía quienes critican en mi obra puntos de vista abandonados por mí hace ya mucho tiempo. En cambio, me reprochan otros el haberme rectificado, tomándolo como un signo de versatilidad y alegando que aquel que ha modificado ya una vez sus opiniones no merece confianza ninguna, pues nada asegura que sus últimas afirmaciones no han de ser también equivocadas. Por otro lado, aquellos que mantienen invariablemente una conclusión determinada son tachados de ciega obstinación. Ante este contradictorio proceder de la crítica, la mejor solución es hacer caso omiso de ella y no dejarnos guiar sino por nuestros propios juicios. Así, pues, nada ha de impedirme en lo sucesivo modificar y corregir mis opiniones conforme a los progresos de mi experiencia. De todos modos, debo advertiros que en lo fundamental de mis teorías no he hallado aún, ni espero hallar en lo futuro, nada que rectificar. En esta nueva serie de conferencias me propongo exponer, como ya antes hube de anunciaros, la concepción psicoanalítica de los fenómenos neuróticos. Esta exposición puede enlazarse sin dificultad alguna a la que en el curso anterior efectuamos de los actos fallidos y los sueños, y, por tanto, elegiré como punto de partida un acto sintomático que he visto realizar a muchas de las personas que acuden a mi consulta. Aquellos sujetos que visitan al médico con la única intención de desahogarse, relatándoles en un cuarto de hora todas las miserias de su vida, más o menos larga, pero sin propósito de someterse a tratamiento curativo alguno, no interesan al psicoanalista, el cual tampoco puede desembarazarse, en conciencia, de tales enfermos -como lo hacen otros médicos menos profundamente conocedores de estas cuestiones -diciéndoles que están perfectamente y recetándoles una ligera cura hidroterápica. Así, uno de nuestros colegas, al que se preguntó qué hacía con los pacientes de este género que acudían a su consulta, respondió, encogiéndose de hombros, que les imponía una multa de un determinado número de coronas. No es, por tanto, de extrañar que la consulta de un psicoanalista, aun del de mayor clientela, sea, en general, poco visitada. A pesar de esto, yo he hecho colocar una doble puerta entre mi sala de espera y mi gabinete de consulta, precaución cuyo objeto no es difícil de adivinar. Pues bien: sucede muchas veces que los clientes que hago pasar de la primera a la segunda de estas habitaciones olvidan cerrar tras ellos las dos puertas. En cuanto lo advierto, y cualquiera que sea la calidad social de la persona, no dejo nunca de hacerle observar, con enfado, su negligencia y rogarle que la repare. Me diréis que esto constituye una pedantería llevada al exceso, tanto más cuanto que en ocasiones se trata de enfermos nerviosos que repugnan tocar los picaportes y dejan gustosos, a los que los acompañan, el cuidado de abrir y cerrar las puertas. Pero en la mayor parte de estos casos mi severa actitud tiene perfecta justificación, pues aquellos que dejan abiertas las puertas al entrar en el gabinete del médico son gente mal educada que no merece ser acogida con amabilidad. No vayáis a creer que se trata de un absurdo prejuicio mío, y dejad que os explique el porqué de mi afirmación.
Los clientes no cometen esta falta más que cuando se hallan solos en la sala de espera y no dejan a nadie en ella al pasar a un gabinete, pues en el caso contrario comprenden muy bien que su propio interés es evitar que otras personas escuchen su conversación con el médico y no olvidan nunca cerrar cuidadosamente ambas puertas. Vemos, por tanto, que esta negligencia de los pacientes, lejos de ser accidental, se halla perfectamente determinada y no carece de sentido ni de importancia, pues revela su actitud con respecto al médico. Aquellos que olvidan cerrar las puertas tras de sí, al entrar en el gabinete de consulta, son pacientes para los cuales la mejor garantía es el renombre mundano de que el médico goce, y quieren ser deslumbrados por el lujo de su instalación y lo concurrido de su consulta.
Probablemente han telefoneado con anterioridad preguntando a qué hora pueden ser recibidos, e imaginan hallar ante la puerta una larga cola de clientes. De este modo, cuando entran en la sala de espera y la ven vacía y, además, muy modestamente amueblada, quedan tan defraudados, que pierden en el acto todo respeto hacia el médico… y dejan abiertas las puertas tras de sí, como queriendo decirle: «Para qué cerrar, si no hay nadie en la sala de espera ni es probable que nadie entre en ella mientras yo esté en el gabinete de consulta.» En un tal estado de ánimo llegarían estos pacientes a dar prueba de una absoluta incorrección, durante la visita, si el médico no tuviera la precaución de imponerse a ellos duramente desde las primeras palabras.
El análisis de este pequeño acto sintomático no os enseña nada que ya no sepáis, o sea que el mismo no es accidental, que posee un móvil, un sentido y una intención, y que forma parte de un conjunto psíquico definido, constituyendo un indicio de un importante estado de alma. Pero lo más importante es que se trata de un proceso ajeno por completo a la consciencia del actor, pues ni uno solo de los pacientes que dejan las dos puertas abiertas confesaría haber querido testimoniarme su desprecio por medio de una negligencia. Es muy probable que más de uno conviniera en haber experimentado un sentimiento de decepción al entrar en la sala de espera; pero la conexión entre esta impresión y el acto sintomático subsiguiente escapa siempre a la consciencia del sujeto. Voy ahora a hacer un paralelo entre este pequeño acto sintomático y una observación clínica. Para ello escogeré un caso que he tenido ocasión de tratar recientemente, y que se presta a una breve exposición dentro de la amplitud exigida por toda comunicación de este género. Un joven oficial del ejército aprovechó una licencia para venir a mi casa y encargarme de someter a tratamiento a su suegra, la cual, a pesar de vivir en condiciones felicísimas, envenenaba su existencia y la de todos los suyos con una absurda obsesión. Cuando la enferma acudió a mi consulta, vi que se trataba de una señora de cincuenta y tres años, muy bien conservada, amable y sencilla. Sin hacerse rogar me relató la historia siguiente: Vive en el campo con su marido, director de una gran fábrica. Su vida conyugal ha sido felicísima, y nunca ha tenido nada que reprochar a su esposo, que la colma de cariñosas atenciones. Se casaron por amor hace treinta años, y desde el día de la boda ni una sola discordia ni un solo motivo de celos han venido a perturbar la paz del matrimonio. Sus dos hijos se han casado a completa satisfacción de todos, y su marido, queriendo cumplir hasta el fin sus deberes de padre de familia, no ha consentido todavía en retirarse de los negocios. Pero hace un año se produjo un hecho incomprensible, que ella misma no acierta a explicarse. Habiendo recibido una carta anónima que acusaba a su marido de mantener relaciones amorosas con una joven, un incoercible impulso interior la llevó a prestar fe a aquella calumnia, y desde que recibió el anónimo ha visto desvanecerse toda su apacible felicidad. Las circunstancias que rodearon la recepción de la calumniosa denuncia fueron las siguientes: Una criada, a la que la señora de que tratamos admitía con exceso en su intimidad, perseguía con un odio feroz a otra joven que, siendo de igual modestísimo nacimiento, había logrado crearse una posición mucho mejor, pues en lugar de entrar a servir había obtenido, tras de una rápida preparación comercial, un empleo en la fábrica. Poco después, cuando la guerra obligó a incorporarse a filas a la mayor parte del personal masculino, llegó la joven a ocupar un puesto de importancia, adquiriendo derecho a habitar en las dependencias de la fábrica y siendo tratada con toda clase de consideraciones por los jefes de la misma.
Esta elevación de su antigua compañera despertó en la criada una tremenda envidia. Así las cosas, le habló un día su señora de un individuo, ya de cierta edad, al que habían invitado recientemente a comer y del que se sabía que se hallaba separado de su mujer y vivía con una querida. Nuestra enferma, sin saber a punto fijo por qué, dijo entonces a su criada que para ella no habría desgracia más terrible que averiguar que su marido la engañaba…, y al siguiente día recibió por correo la carta anónima, en que con letra contrahecha se le anunciaba la fatal noticia. La señora sospechó en el acto que el anónimo era obra de su perversa criada, pues la persona a la que en él se denunciaba como querida del marido no era otra que la joven empleada a la que aquélla odiaba. Pero aunque la señora adivinó en seguida la intriga y poseía bastante experiencia para saber cuán poca confianza merecen tales cobardes delaciones, no por ello dejó de experimentar una profunda impresión. Sufrió una terrible crisis de excitación y envió a buscar a su marido, al que dirigió los más amargos reproches. El marido rechazó con toda calma la acusación e hizo lo mejor que en estos casos puede hacerse. Avisó al médico de la familia y de la fábrica, y entre todos intentaron calmar a la infeliz señora. La actitud ulterior del matrimonio fue de una gran sensatez. La criada quedó despedida, y la presunta querida continuó en su puesto. Nuestra enferma pretende desde entonces haber recobrado por completo su tranquilidad y no creer ya en la verdad de la anónima denuncia; pero esta calma no es ni profunda ni duradera, pues le basta encontrar en la calle a la joven calumniada u oír pronunciar su nombre para ser presa de una nueva e intensa crisis de excitación. Tal es el historial de esta buena señora. No era necesario poseer una gran experiencia psiquiátrica para comprender que, al contrario de otros enfermos nerviosos, se hallaba más bien inclinada a atenuar su caso o, como solemos decir los neurólogos, a disimular, aunque sin conseguir jamás desvanecer su creencia en la acusación formulada en el anónimo. ¿Qué actitud será la del psiquiatra ante un caso de este género? Podemos suponer la que adoptaría con respecto al acto sintomático de aquellos pacientes que dejan abierta tras de sí las puertas de la sala de espera, pues sabemos que en dicho acto no vería sino un accidente desprovisto de todo interés psicológico. Pero esta actitud es insostenible ante un caso de celos morbosos. El acto sintomático puede parecernos indiferente; mas el síntoma se nos impone siempre como un fenómeno importante y de innegable trascendencia, tanto desde el punto de vista subjetivo como desde el objetivo. Así, en el caso que nos ocupa, no sólo trae consigo intensos sufrimientos para el paciente, sino que amenaza destruir la felicidad de una familia. No será, pues, posible para el psiquiatra prescindir de dedicarle todo su interés, y conforme a los métodos usuales, intentará, en primer lugar, caracterizarlo por una de sus propiedades esenciales. No puede decirse que la idea que atormenta a la enferma sea absurda en sí misma. Es muy frecuente, en efecto, que hombres casados y ya de edad madura sostengan una querida joven. Pero lo que sí es absurdo es su credulidad, no teniendo, como no tiene, fuera de las afirmaciones del anónimo, motivo alguno para dudar de la fidelidad de su cariñoso marido. Sabe también que la anónima denuncia no merece confianza alguna, y posee clarísimos indicios de que no se trata sino de una vengativa calumnia. Dadas todas estas circunstancias, debería decirse que sus celos carecen de todo fundamento, y, en efecto, lo piensa así; pero, a pesar de ello, continúa sufriendo como si poseyese pruebas irrefutables de la traición de su marido.
La Psiquiatría ha convenido en calificar de delirios las ideas de este género, refractarias a los argumentos lógicos y extraídos de la más inmediata realidad. Así, pues, la buena señora sufre de celos delirantes, constituyendo ésa la característica esencial de su caso patológico. Tras de esta primera conclusión aumenta nuestro interés psiquiátrico. Si un delirio resiste a las pruebas extraídas de la realidad, ello debe de obedecer a que su origen es totalmente ajeno a la misma. Mas entonces, ¿cuál podrá ser su procedencia? Y siendo muy variable el contenido de los delirios, ¿por qué, en nuestro caso, se halla constituido precisamente por celos? Por último, ¿en qué persona se desarrollan tales delirios, y con especialidad el delirio de celos? Mucho nos agradaría saber lo que de todo esto piensa el psiquiatra; pero nuestra curiosidad queda por completo defraudada. De todas las interrogaciones que sobre este caso nos hemos planteado, sólo una le interesa. Investigará los antecedentes familiares del sujeto y nos dará quizá la respuesta de que los delirios se producen en aquellas personas que acusan, en sus antecedentes hereditarios, análogos trastornos u otro género cualquiera de perturbaciones psíquicas, cosa que equivale a decir que si el sujeto ha desarrollado una idea delirante, es porque poseía una predisposición hereditaria a tal enfermedad. Esta respuesta es, sin duda, interesante; pero no satisface todos nuestros deseos ni agota tampoco la motivación del presente caso patológico. No creemos poder admitir que el hecho de aparecer el delirio de celos, en lugar de otro cualquiera de distinto contenido, sea indiferente, arbitrario e inexplicable, ni tampoco que interpretando en sentido negativo el principio de la omnipotencia de las leyes hereditarias, se llegue a concluir que desde el momento en que un alma se halla predispuesta a ser presa de un delirio carecen de toda importancia los sucesos susceptibles de actuar sobre ella. Extrañaréis, sin duda, que la Psiquiatría científica rehúse proporcionarnos más informaciones sobre estas materias; pero habéis de tener en cuenta que aquel que da más de lo que tiene no es un hombre honrado, y que el psiquiatra no posee medio alguno de penetrar más profundamente en la interpretación de los casos de este género, hallándose, por tanto, obligado a limitarse a formular el diagnóstico y a establecer, a pesar de su copiosa experiencia, un pronóstico muy incierto sobre la marcha ulterior de la enfermedad. Pero, ¿acaso puede el psicoanálisis proporcionarnos una más amplia explicación? Ciertamente, y espero poder demostraros que incluso en un caso tan difícilmente accesible como el que nos ocupa es nuestra disciplina capaz de descubrir datos susceptibles de hacernos llegar a su inteligencia.
Recordad, ante todo, el hecho, insignificante en apariencia, de que, en realidad. ha sido la misma paciente la que ha provocado la redacción del anónimo, punto de partida de su delirio, pues advirtió el día antes a la joven intrigante que su mayor desgracia sería saber que su marido tenía una querida. Diciendo esto, hizo surgir, indudablemente, por vez primera en la imaginación de la criada la idea del anónimo. El delirio se hace así, hasta cierto punto, independiente de la carta, y ha debido existir anteriormente en la enferma a titulo de temor o quizá de deseo. Añadid a esto los siguientes pequeños indicios que nos fue dado descubrir después de dos horas de análisis: la paciente se encontraba muy poco dispuesta a obedecer cuando al terminar el relato de su historia le rogué que me participase otras ideas y recuerdos que pudieran hallarse relacionados con ella. Pretendía no tener nada más que decir, y al cabo de dos horas hubo necesidad de poner fin al análisis, puesto que la paciente declaraba sentirse completamente bien y estar segura de haberse desembarazado para siempre de su patológica idea, declaración que le fue dictada, indudablemente por el temor de verme proseguir el análisis. Sin embargo, durante dichas dos horas hubo de dejar escapar algunas observaciones que autorizaban y hasta imponían una determinada interpretación, mediante la cual quedaba claramente definida la génesis de su idea delirante. La paciente escondía un intenso amor hacia un joven - aquel su yerno a cuya instancia había acudido a mi consulta -; pero no se daba perfecta cuenta de este sentimiento, pues, además de que apenas era consciente en ella, los lazos de parentesco que la unían al amado hicieron que su pasión amorosa no encontrase grandes dificultades para revestir el disfraz de una lícita ternura familiar. Dada la experiencia que sobre las situaciones de este género hemos adquirido en la práctica psicoanalítica, podemos penetrar sin dificultad en la vida psíquica de esta honrada mujer y excelente madre de familia. El amor que su yerno le había inspirado era demasiado monstruoso e imposible para poder abrirse camino hasta su consciencia; pero manteniéndose en estado inconsciente, ejercía sobre su vida psíquica una intensa presión. Necesitaba, pues, hallar un exutorio, y lo encontró, en efecto, utilizando el mecanismo de desplazamiento, proceso que participa siempre en la génesis de los celos delirantes. Si su marido incurriese a su vez en la gravísima falta de enamorarse de alguien mucho más joven que él, se vería ella libre del remordimiento y de su infidelidad. Esta idea fija era para la señora como un bálsamo calmante aplicado sobre una ardiente llaga. Su propia pasión no había llegado a abrirse paso hasta su consciencia; pero, en cambio, el desplazamiento de la misma sobre su marido, proceso que tan gran alivio le proporcionaba, sí llegó a hacerse consciente, e incluso en una forma obsesiva y delirante. De este modo, todos los argumentos que contra la idea fija pudieron oponerse tenían que ser necesariamente baldíos, pues no se dirigían contra el verdadero estado de cosas, sino contra su imagen refleja, a la cual comunicaba aquél toda su energía, permaneciendo oculto e inatacable en lo inconsciente. Recapitulemos los datos que hemos podido obtener por medio de este breve y difícil esfuerzo psicoanalítico y que nos permitirán quizá llegar a la comprensión del caso patológico que hubo de motivarlo, suponiendo, naturalmente, que hayamos procedido con acierto en su análisis, cosa de la que no podéis vosotros ser jueces. Primer dato: el delirio no es ya algo absurdo e incomprensible, sino que presenta un sentido y se halla bien motivado, formando parte de un suceso afectivo sobrevenido en la vida del paciente. Segundo dato: esta idea delirante corresponde a la necesaria reacción a un proceso psíquico inconsciente que determinados indicios nos han hecho posible descubrir, y debe precisamente a una tal conexión con dicho proceso su carácter delirante y su resistencia a todos los argumentos proporcionados por la lógica y la realidad, llegando incluso a constituir algo deseado por el sujeto, como una especie de consuelo y alivio. Tercer dato: si la víspera de recibir el anónimo hizo la señora a su criada la confidencia que ya conocéis, es incontestable que la impulsó a ello el secreto sentimiento que hacia su yerno alimentaba, sentimiento que forma algo como el segundo término de su enfermedad. Vemos, por tanto, que este caso presenta, con el acto sintomático anteriormente analizado, importantes analogías en lo que se refiere al esclarecimiento del sentido o intención y a las relaciones con un inconsciente daño en la situación.
Claro es que con eso no hemos resuelto todas las interrogaciones que podemos plantearnos a propósito de este caso, pues son muchos los problemas que entraña. Algunos de ellos no tienen aún solución posible, y otros no han podido ser resueltos por las circunstancias harto desfavorables en que el análisis hubo de realizarse. Así, podemos preguntarnos todavía por qué una mujer tan feliz en su matrimonio llega a enamorarse de su yerno y por qué el exutorio necesario a este sentimiento reprimido toma, en lugar de otra forma cualquiera, la de un reflejo o una proyección de su propio estado sobre su marido. Contra lo que pudiéramos creer, no son estas interrogaciones ociosas y arbitrarias, e incluso poseemos ya algunos datos que hacen posible una respuesta. En primer lugar, nuestra enferma se encuentra en la edad crítica, la cual trae consigo una súbita e indeseada exaltación de la necesidad sexual.
Este hecho podría, en rigor, bastar para explicar todo el resto. Pero también es posible que el excelente y fiel marido no se hallase ya desde hace algunos años en posesión de una potencia sexual proporcionada a las necesidades de su mujer, mejor conservada. Sabemos por experiencia que estos maridos, cuya fidelidad no tiene necesidad de ninguna otra explicación, se distinguen precisamente por el tierno cariño que muestran a sus mujeres y por una indulgencia poco común con respecto a los trastornos nerviosos de las mismas. Por último, puede también no ser indiferente que el amor patológico de esta señora haya venido a recaer precisamente sobre el joven marido de su hija. Una intensa pasión erótica de una madre hacia su hija, sentimiento que podría reducirse, en último análisis, a la constitución sexual de la primera, halla a veces en tales transformaciones el medio de continuar subsistiendo. A este propósito habré de recordaros que las relaciones eróticas entre suegra y yerno han sido siempre consideradas como particularmente abyectas y eran objeto en los pueblos primitivos de un rigurosísimo tabú. Mas a pesar de esto, suelen superar, manifestándose ora en sentido positivo, ora en el negativo, la medida socialmente deseable. No habiendo conseguido realizar un completo análisis de este caso, no puedo indicaros ahora cuál de los factores antes detallados intervino en la génesis del mismo, ni tampoco si actuaron dos de ellos o todos tres conjuntamente. Advierto en este instante que estoy hablándoos de algo para cuya comprensión no os halláis preparados. Mas si lo he hecho así ha sido con objeto de establecer un paralelo entre la Psiquiatría y el psicoanálisis. Y ahora os pregunto: ¿Habéis observado que exista una contradicción entre ambos?
La Psiquiatría no aplica los métodos técnicos del psicoanálisis ni intenta enlazar algo a la idea delirante, satisfaciéndose con mostrarnos en la herencia un factor etiológico general y lejano, en lugar de dedicarse a la investigación de causas más especiales y próximas. Pero, ¿acaso constituye esto una contradicción? Nada de eso; por el contrario, el psicoanálisis y la Psiquiatría se completan uno a otra, hallándose en una relación semejante a la que existe entre el factor hereditario y el suceso psíquico, los cuales, lejos de excluirse, recíprocamente colaboran del modo más eficaz a la obtención del mismo resultado. Me concederéis, por tanto, que en la naturaleza de la labor psiquiátrica no hay nada que pueda servir de argumento contra la investigación psicoanalítica. Es el psiquiatra y no la psiquiatría, lo que se opone al psicoanálisis, el cual es a aquella, aproximadamente, lo que la Histología es a la Anatomía, ciencias de las cuales estudia una las formas exteriores de los órganos y la otra los tejidos y las células de que los mismos se componen. Una contradicción entre estos dos órdenes de estudios, continuación uno del otro, es inconcebible.
La Anatomía constituye hoy la base de la Medicina científica, pero hubo un tiempo en el que la disección de cadáveres humanos, practicada con el fin de estudiar la estructura interna del cuerpo, se hallaba prohibida, del mismo modo que hoy en día se juzga casi condenable dedicarse al psicoanálisis para investigar el funcionamiento íntimo de la vida psíquica.

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